El gigante de nieve
Se alojaba sólo una noche a la semana en la casa de respiro y éste resultaba ser el peor día para las personas que allí trabajábamos. La alarma, la tensión y el miedo se sentía en los rostros de algunos y la planificación, el cuidado del mínimo detalle y la previsión del soporte físico necesario ante la garantizada emergencia era prioridad para otros.
Pocas veces he sentido tanto miedo y respeto a la vez ante la mirada en "tántrum" de una persona, pero ante él era fácil rendirse a ese escalofrío que recorre tu columna dorsal de abajo arriba cuando sufría uno de sus episodios descontrolados de conducta. Éstos por desgracia siempre terminaba con incidentes graves que implicaban heridas físicas de los allí presentes.Algunos se herían tratando de protegerse a sí mismos de la sacudida del gigante blanco y los demás por proteger a otros alumnos o por cuidar de sí mismo a una persona vulnerable, sin control de su propio cuerpo y mente.
Era increíble ver como su cuerpo de 16 años, de casi dos metros de altura, fibroso cambiaba. Y su cara con gesto tímido, suave con una piel tan blanca como la nieve en cuyo cuerpo estaba encerrado por su autismo grave, se transformaba.Ese cuerpo que no le permitía hablar y le nublaba el juicio con déficit en sus conexiones cerebrales se convertía en una bestia que podía comunicar toda la rabia contenida a base de golpes sobre el mobiliario y sobre quién estuviera cerca.La agitación, los moretones y más de una pesadilla no se atenuaban hasta una semana después, cuando volvía otra vez a pasar la noche en la residencia y entonces sus padres tenía a cambio una noche de descanso en casa.
Más de una vez les pregunté a sus padres cómo aguantaban esa situación y la razón por la cual no le ingresaban de forma permanente en un centro especializado.Unas veces me decían que lo habían intentado pero que no podían hacerlo, eran incapaces.Otras me decían que ya no le podían controlar y que la situación era insostenible en su casa.Y muchas veces no me contestaban....dejaban a su hijo cada miércoles con una mirada mezclada entra la culpabilidad de ese alivio que sentían cuando se marchaban sin él y la responsabilidad de poner en peligro no sólo a quienes trabajábamos con él y a cualquiera que se cruzara en su camino, sino también de ponerle en peligro a él, de si mismo. Siempre daban las gracias más de una vez al despedirse, siempre bastante afectados.
Pocas veces he sentido tanto miedo y respeto a la vez ante la mirada en "tántrum" de una persona, pero ante él era fácil rendirse a ese escalofrío que recorre tu columna dorsal de abajo arriba cuando sufría uno de sus episodios descontrolados de conducta. Éstos por desgracia siempre terminaba con incidentes graves que implicaban heridas físicas de los allí presentes.Algunos se herían tratando de protegerse a sí mismos de la sacudida del gigante blanco y los demás por proteger a otros alumnos o por cuidar de sí mismo a una persona vulnerable, sin control de su propio cuerpo y mente.
Era increíble ver como su cuerpo de 16 años, de casi dos metros de altura, fibroso cambiaba. Y su cara con gesto tímido, suave con una piel tan blanca como la nieve en cuyo cuerpo estaba encerrado por su autismo grave, se transformaba.Ese cuerpo que no le permitía hablar y le nublaba el juicio con déficit en sus conexiones cerebrales se convertía en una bestia que podía comunicar toda la rabia contenida a base de golpes sobre el mobiliario y sobre quién estuviera cerca.La agitación, los moretones y más de una pesadilla no se atenuaban hasta una semana después, cuando volvía otra vez a pasar la noche en la residencia y entonces sus padres tenía a cambio una noche de descanso en casa.
Más de una vez les pregunté a sus padres cómo aguantaban esa situación y la razón por la cual no le ingresaban de forma permanente en un centro especializado.Unas veces me decían que lo habían intentado pero que no podían hacerlo, eran incapaces.Otras me decían que ya no le podían controlar y que la situación era insostenible en su casa.Y muchas veces no me contestaban....dejaban a su hijo cada miércoles con una mirada mezclada entra la culpabilidad de ese alivio que sentían cuando se marchaban sin él y la responsabilidad de poner en peligro no sólo a quienes trabajábamos con él y a cualquiera que se cruzara en su camino, sino también de ponerle en peligro a él, de si mismo. Siempre daban las gracias más de una vez al despedirse, siempre bastante afectados.

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